Himen, o relatos de un instante
Ella estaba al final de la barra. No sonreÃa, nunca lo hacÃa, era demasiado bella para hacerlo, ni siquiera lo pensaba, no debÃa.
¿Me puedo sentar, muñeca?
Claro – me respondió.
¿Cómo te llamas?- Le pregunté.
Himen.
¿Himen? – le dije – ¿Asà cómo…?
Si, como esa pequeña telita que tienen las mujeres vÃrgenes.
Era ruda, una perra ruda.
¿Tu madre era un tipo de amante al sexo?
No respondió, se giró hacia mÃ, estiró su mano y tocó allá abajo.
No soy buena hablando – Dijo mientras me miraba con esos penetrantes ojos color marrón.
Pero vaya que eres buena con las manos. Por eso digo, vale más una persona por lo que hace y no por lo que dice, es como todo, ¿no crees?
Con su mano izquierda sostenÃa su botella, con la otra, revolvÃa mi bragueta y mi ropa interior.
Vámonos de aquÃ. – le dije- Este lugar no es lo suficientemente bueno para nosotros.
La tomé del brazo, bajé su bebida, subà mi cierre, la llevé a la puerta y me despedà de ese lugar.
No era bueno conduciendo bajo presión femenina, pero lo hice por unos minutos; mientras, ella miraba por la ventana como nos arrastrábamos por la oscuridad y las luces de los establecimientos nocturnos sonreÃan con sus muecas de color neón y gasolina.
Mi cama era más pequeña cuando se imaginan dos cuerpos desnudos entre las obsoletas sabanas empapadas de licor y semen reseco. Ella se sentó en una silla frente a la cama, yo caminé en silencio al baño. Ella miraba al suelo, yo al espejo. Me quité mi camisa y mis pantalones, los aventé por el espacio entre la puerta y el marco. Abrà la llave del fregador: me limpié las manos y la cara. Estaba bajo mucha presión, mi mirada se perdÃa si no la concentraba en un solo lugar.
Asomé un ojo por el espacio vacÃo de la puerta. Ella estaba tomando mi cartera y guardándola en su bolso de mano. La muy estúpida se robarÃa mi cartera, toda. Mis papeles, mis credenciales, mi tarjeta de la biblioteca, mi dinero, todo. Que se llevara mi cama, mi casa, mi cabello, mis rodillas que se quiebran al doblarse. Que se llevara mi la cama y mi silla. Mi espejo, mi toalla azul con tres peces de colores con mi nombre impreso. Que se llevara mi jodido dinero, y se lo metiera todo en el bolso, en su pequeño bolso de prostituta.
¿Quieres algo de tomar? – Le pregunté mientras la miraba a los ojos.
No – Me respondió mientras cerraba completamente su bolso con mi billetera dentro.
Bueno, no importa, sólo tengo agua.
Sonrió tÃmidamente. Se incorporó por completo y se quitó su vestido negro. Su ropa interior era negra también, estaba sucia, como si no la hubiera lavado por varios dÃas o meses. Todo dependÃa de cuanto la usara.

La tomé en mis brazos y la besé; nos tiramos a la cama, nos sacudÃamos con movimientos bruscos, de un lado a otro, Le tiraba de su oscuro cabello, ella mordÃa mis manos, mis piernas, mis sueños.
Al final, sólo se marchó. Con su vestido negro, con su rostro inquieto, con su ropa interior oscura, con mi billetera, con mi credencial de la biblioteca, con mi dinero, con mi desnudez y con la suya. Vaya que no le gustaba hablar, le gustaba sentarse y moverse como si todo dentro de ella se sacudiera.
This post was submitted by Georgina Gudiño.


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