Una mañana en la Estancia
- ¡Qué! ¿Me vas a llevar caminando?
- Ya vamos, no importa nada…
SÃ… en realidad, no le importa nada, qué le va a importar ser vista con un hombrecito asà de lindo. Haciendose la remilgosa, entró. No podÃa esperar más para deleitarse saboreando la potencia joven del hombrecito de hierro. ¡Es que era tan duro! Solo imaginarlo la tenÃa goteando. Al fin encerrados, tras la preparación previa cuyos detalles no serán rebelados aquÃ, se entregaron el uno al otro con intenciones casi canÃbales. Devorándose mutuamente, de forma casi hambrienta, sin dejar un espacio sin morder.

A pesar de que ella siempre se jacta de ser su maestra, él parece no esforzarse en sorprenderla, cerrando sus piernas haciendo que el contacto sea tan intenso, hasta que los gimoteos femeninos se convierten en alaridos de placer, llenando de palabras obscenas la habitación. AsÃ, él se ganó el derecho de ingresar por aquella entrada oscura, apretada, caliente, que causa un dolor que raya en el placer.


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