Virtualmente tuyo…
HabÃa sido un dÃa como pocos. Como pocos no por ser mejor sino uno de los peores de mi vida. ¡Qué cantidad de trabajo y que cantidad de presión! No solo la responsabilidad encima de dos cursos en un paÃs lejano, sino seguir con las labores “normales” de mi puesto.
Agotado más por el lado menta e intelectual que por el lado fÃsico, llegué al hotel siendo recibido por una guapÃsima recepcionista rodeada de un montón de tipos que babeaban a su alrededor.
Yo simplemente di el “buenas noches”, devolvà la sonrisa que ella me prodigó y arrastrando mi maletÃn entre al elevador que por fortuna ya me estaba esperando.
Pedà en el panel “Piso 1″. El elevador realizó diligente y silenciosamente su trabajo. Arrastré maleta, saco y mi cansancio hasta la habitación. Procedà a conectar mi equipo a la Internet, activé la descarga de correos electrónicos, puse en marcha los programas para mensajerÃa instantánea y dejé caer mi corpulencia en ese sabrosÃsimo colchón. Me desconecté por completo.
Acostado, sintiendo como el cansancio habÃa sido lentamente erradicado de mi cuerpo, vi con mi ojo derecho como es que los mensajes de correo se habÃan amontonado y las peticiones para atender mensajerÃa instantánea se agolpaban en el monitor como queriendo desbordarse y salir.
Comencé a atender los mensajes y luego a contestar las electrónicas misivas. Por fin estaba yo sincronizado y “al dÃa”. Fue entonces cuando esa tÃmida petición apareció. Era una petición de ella.
Conversamos por un rato con la herramienta de texto, pero luego pasamos a conversación con voz y video. Ahà estábamos separados por miles de kilómetros fÃsicamente, pero nuestras almas estaban conectadas gracias a la tecnologÃa de transmisión y recepción de datos.
Pronto la conversación empezó a “subir de tono”, cuando ella de manera sugerente e involuntaria comenzó a mostrar más que un exquisito hombro. De manera maliciosa y sin mucha esperanza de tener algo a cambio, sugerà que era mejor conversar con una vestimenta más cómoda.
Para mi sorpresa ella inmediatamente me pidió pausar la plática por un par de horas. Al principio creà que me habÃa sobreasado y la acción que precedió al enojo fue un elegante corte disfrazado de posposición.
Estoicamente acepté mi castigo y como ya tenÃa hambre, bajé al restaurante del hotel para tomar la cena. Como era habitual esa cena y ese vino habÃan estado simplemente exquisitos. Regresé pausadamente a mi habitación y procedà a recostarme para estudiar un poco.
Para mi sorpresa ella habÃa estado intentando contactarme por videoconferencia. Procedà a recontactarle de inmediato y para mi júbilo ella ahà estaba.
Su cabello estaba arreglado, ella vestÃa esa bata que aunque el material y el estampado sujerirÃan en otra persona una mezcla de descuido por el arreglo personal y falta de interés a la vida, en ella se veÃa graciosamente exquisito. Platicamos por un corto instante y ella entonces me pidió que cerrase los ojos hasta nueva orden.
Siguiendo el juego cerré mis ojos y cuando ella me ordenó abrirlos, no podÃa dar crédito a la maravilla que estaba viendo… Era ella misma pero enfundada en una muy llamativa y vaporosa malla que cubrÃa todo su cuerpo. Esa prenda, que para algunos es lo que se llama un “body”, hacÃa resaltar su piel blanca y todas esas exquisitas redondeces femeninas, dejándo ver poco a través de cada hilo de negro color.
Delante de mi empezó a realizar lo que empezó a ser una tÃmida y hasta en momentos poco habilidosa danza. SerÃan esas sinceras exclamaciones de mi parte o esa pesada respiración que emanaba de mà lo que le animaron a ser más atrevida y más calientes.

Yo estaba absorto en ese baile erótico y espontáneo. Mi cuerpo empezó a sentir la misma excitación que cuando muy joven vi por primera vez un espectáculo de naturaleza pornográfica. Eso era grandioso, pues mi honesta y espontánea excitación era algo que hacÃa tiempo no sentÃa con tanta intensidad.
No podÃa mas. Desabroché con impaciencia mi cinturón, me deshice de mis pantalones y de esos “boxers” que ya parecÃan una carpa de circo. Mi pene se erguÃa y clamaba por esa caricia femenina que solo la vagina o el ano le pueden propinar.
Para mi mala fortuna no estaba ella presente para calmar esa monstruosa pero muy agradable excitación. No quedaba más remedio que invocar al mÃtico Onan y practicar en mi falo un onanismo.
Ella se dio cuenta de esto y procedió a hacer más atrevido su baila. Ahora no solo era mostrar su celestial cuerpo, sino que ahora era su pubis y ese hermoso par de nalgas las estrellas del “show”.
Sus movimientos de cadera, acompasados con mi respiración y mis onanÃsticos movimientos, empezaron a causar el efecto deseado. Ella entonces se agacho dando la espalda a la cámara y en ese hueco que dejaba ver la zona de sus genitales y su ano, ella separó sus divinas nalgas para mostrarme sus exquisitas y tan deseadas cavidades.
No pude aguantar mas. Aceleré los movimientos de mi mano y entonces el calor de mi cuerpo y la inminente eyaculación me hicieron estallar en un muy placentero orgasmo.
Ella escuchó y volteó a ver que sucedÃa. Su cara de incredulidad, que posteriormente tomó tintes rojizos por algo de tÃmido pudor. Me habÃa hecho venirme.
Con su voz procedió a tranquilizarme, pues como después me lo explicarÃa, vio que mi rostro estaba como el de un poseÃdo. Solo veÃa a ella. Solo escuchaba a ella.
Ya con la calma recobrada pero con ese sociego que solo un excelente orgasmo puede dar, ella se me hacÃa ahora como la mujer mas tierna y mas angelical de este mundo. Le agradecà de manera efusiva y ampliamente ese hermoso detalle hacia conmigo y entonces procedimos a despedirnos y dar por terminada la comunicación.
Quedé tendido pensando en ese hermoso momento y cuánto habÃa disfrutado. Cierto es que aunque podrÃa calificarme a mi mismo y a ella de manera rigorista como pervertidos, el resultado al final fue tan hermoso que esa calificación me importó un carajo. Fuimos dos adultos en un acto sexual virtual. ¿Remordimiento? No puede haber remordimiento cuando la persona con la que practicas el sexo virtual, no es otra que tu propia esposa.


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